jueves, 11 de octubre de 2012

La marcha de los estudiantes: flojos que se esfuerzan.


Mi noticiero amigo me informó hoy temprano que había marcha. Paranoico como drogado en la frontera, empecé a cerrar las ventanas del departamento. No, me dijo mi amigo noticiero, hoy empieza en Plaza Italia y acaba en Avenida Matta. Me sentí complacido, porque las piedras, las balas[i] y los gases no me afectarían. Mi noticiero querido me agregó otra información: la marcha empezaría a las seis de la tarde. Como a esa hora ya estoy yugando el calor del hogar, en pantuflas en la alfombra y leyendo “El mercurio”, pensé que sería pintoresco romper la rutina y darme una vuelta por Baquedano. Mi noticiero y sus adeptos me dijeron mil veces que los que asistían a la marcha eran puros vagos, flojos, encapuchados, comunistas, delincuentes o una mezcla extrañísima de todos. Quise comprobarlo, porque si de flojear se trata, a mi juego me llamaron.
            Llegué a eso de las seis menos cinco, o cinco para la seis, puntual como caballero inglés. Todavía había sol, y unos adolescentes (estudiantes de media) se protegían con lentes multicolores. Otros, estudiantes universitarios, estaban disfrazados. V de venganza la lleva, me dijo uno con una careta de la película. Miles y miles de jóvenes en grupos, riendo y tomando café, junto a banderas de Chile, Colombia y Perú. La gente terminaba de llegar: gente adulta, que trabaja todo el día y que probablemente no había podido asistir a las anteriores por problemas de horario. Remeras y estandartes de Mafalda, de Jara, de la Parra. Todos comenzaron a marchar a las seis y tanto, hacia Parque Bustamante. Yo, que estaba sentado en un banco de la plaza, me resistí.
-          ¿Mierda, dónde están los vagos que me habían prometido? –grité.
Dos viejas me preguntaron a coro quéeeeeee.
-          Sí, abuelas –les dije-. Los vagos, los flojos, ¿dónde están?
Las viejas chotas seguían sin entender.
-          A ver –intenté explicarme-. Esta gente paga boletos caros para llegar, unos de los boletos de transporte público más caros del mundo. Viven en la periferia de la ciudad, a más de media hora o una hora de acá. Muchos trabajan, otros estudian. Se preparan y encima van a caminar el kilómetro hasta el escenario. ¿Dónde están los vagos, los flojos?
Las viejas me miraban, compadeciéndome. Yo estaba al borde de un ataque de nervios.
-          ¡Sí! –les grité.- La gente que opina en mi noticiero amigo, desde sus computadoras o sus aifons, en las camas de sus casas o en sus escritorios de oficina, me dijeron que acá iba a encontrar vagancia y flojera.
Las viejas empezaron a caminar, a seguir la caravana de miles de personas.
Quise buscar delincuentes, para fraternar con mi espíritu de argentino. Había un par de chicos con capuchas. Eran 50 o 100 entre miles. Cerca de ellos había un grupo de fotógrafos. Esta es la mía, dije, a chorearle las cámaras a los gringos. Insté a los anarcos-punks a punguear a los fotógrafos, para ver si hacíamos unos pesos en San Diego, la Departamental o la Grecia vendiendo las cámaras. Pero ni eso. Los anarco sólo querían quilombo. Romper los semáforos o tirarle piedras a los pacos, aunque de robar ni hablar. Me defraudé. Porque encontré miles y miles de personas, felices la mayoría, enojadas la minoría, pero ni a palos encontré vagos ni flojos, y menos delincuencia. Puta, pensé, será la próxima, mientras me volvía en un taxi, donde el chofer me decía: "todos vagos y delincuentes". Tuve ganas de pegarle. No me animé. 



[i] Ver el caso del gendarme que para espantar a una turba tiró tiros al aire en una zona de edificios, e hirió de gravedad a un chico que cerraba sus ventanas..

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