Me estoy tomando unos mates con
bizcochos cuando me llega la noticia: diputados del UDI piden restablecer la
pena de muerte. Al tiro me atraganto con las masas y debo cebarme tres o cuatro
mates rapidito para evitar mi propio deceso. Para tranquilizarme, mi noticiero
amigo me aclara que sólo se verían afectados los que cometan delitos en contra
de funcionarios en servicio. -¿O sea –le pregunto- que si yo voy a manifestarme
frente a La Moneda contra la caza de pandas en Schiuan y un paco me pega y yo le tiro con mi
hamburguesa de soya, puedo ser condenado a la horca? No, me responde nuevamente
mi noticiero “gomia”. Y me aclara que sólo los que comentan un grave delito
contra los funcionarios serán castigados con la pena capital. Estoy tentado de
preguntarle si alguien, un juez en este caso, tendría la facultad necesaria
para considerar la cuantía de un delito, sobre todo cuando de una vida en juego
se trata, y a sabiendas de lo falibles que son muchas veces sus deliberaciones.
Aunque no pregunto, claro. Porque
del otro lado mucha gente me responde. –No
sólo muerte, sino pico también –dice uno con veleidades fálicas. Otro
agrega, imperativo y misterioso:- Mátenlos
a todos, ¿saben cuánto cuesta mantener a un preso? Y un intelectual
termina: - Hay
que reservarla para los crímenes que atentan contra la dignidad de las personas -.Y se pregunta,
incisivo-¿Cuándo la sociedad perdió el
derecho de limpiarse de lo peor que la compone?
Debo reconocerlo: esos argumentos
tan firmes casi me persuaden. Pienso en todos esos burócratas firmando el pacto
en Costa Rica, aburridos de camisa y corbata mientras fantasean con la arena
blanca y con chicas y traguitos a cuenta de los estados que representan. Pienso
en esos países emblemas de libertad que tienen establecida dicha pena, pienso
en la vigencia bíblica de la ley del talión. Y pienso en la pena de muerte por
el amor a la vida. Este apostolado no es fácil, sin embargo. Porque hay que ser
muy pelotudo para pensar que además de muerte, habría que darles pico a los
asesinos. Hay que ser un pelotudo mezquino para no contar que googleamos
“cuánto cuesta mantener un preso en Chile” y nos guardamos la información para
esgrimirla cuando alguien se oponga a los que pensamos (no lo googlees, te lo
cuento: entre dos y tres sueldos mínimos por mes). Y hay que ser más que
pelotudo, casi el rey de los pelotudos, para hablar de preservar la dignidad de
las personas cuando la solución de conservar a los mejores se basa en limpiar a
los peores.
No, no es fácil este apostolado.
Creánme. Porque pensar de una forma tan cavernícola en este siglo es todo un
desafío. Mientras termino el mate, pienso en aquella respuesta de Borges ante
la pregunta de un periodista italiano que indagó si aún quedaban caníbales en
nuestro país.
-No –dijo Georgi-, nos los
comimos a todos.
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