miércoles, 10 de octubre de 2012

Chile: La pena de muerte por amor a la vida


Me estoy tomando unos mates con bizcochos cuando me llega la noticia: diputados del UDI piden restablecer la pena de muerte. Al tiro me atraganto con las masas y debo cebarme tres o cuatro mates rapidito para evitar mi propio deceso. Para tranquilizarme, mi noticiero amigo me aclara que sólo se verían afectados los que cometan delitos en contra de funcionarios en servicio. -¿O sea –le pregunto- que si yo voy a manifestarme frente a La Moneda contra la caza de pandas en Schiuan y un paco me pega y yo le tiro con mi hamburguesa de soya, puedo ser condenado a la horca? No, me responde nuevamente mi noticiero “gomia”. Y me aclara que sólo los que comentan un grave delito contra los funcionarios serán castigados con la pena capital. Estoy tentado de preguntarle si alguien, un juez en este caso, tendría la facultad necesaria para considerar la cuantía de un delito, sobre todo cuando de una vida en juego se trata, y a sabiendas de lo falibles que son muchas veces sus deliberaciones.
Aunque no pregunto, claro. Porque del otro lado mucha gente me responde. –No sólo muerte, sino pico también –dice uno con veleidades fálicas. Otro agrega, imperativo y misterioso:- Mátenlos a todos, ¿saben cuánto cuesta mantener a un preso? Y un intelectual termina: - Hay que reservarla para los crímenes que atentan contra la dignidad de las personas -.Y se pregunta, incisivo-¿Cuándo la sociedad perdió el derecho de limpiarse de lo peor que la compone?
Debo reconocerlo: esos argumentos tan firmes casi me persuaden. Pienso en todos esos burócratas firmando el pacto en Costa Rica, aburridos de camisa y corbata mientras fantasean con la arena blanca y con chicas y traguitos a cuenta de los estados que representan. Pienso en esos países emblemas de libertad que tienen establecida dicha pena, pienso en la vigencia bíblica de la ley del talión. Y pienso en la pena de muerte por el amor a la vida. Este apostolado no es fácil, sin embargo. Porque hay que ser muy pelotudo para pensar que además de muerte, habría que darles pico a los asesinos. Hay que ser un pelotudo mezquino para no contar que googleamos “cuánto cuesta mantener un preso en Chile” y nos guardamos la información para esgrimirla cuando alguien se oponga a los que pensamos (no lo googlees, te lo cuento: entre dos y tres sueldos mínimos por mes). Y hay que ser más que pelotudo, casi el rey de los pelotudos, para hablar de preservar la dignidad de las personas cuando la solución de conservar a los mejores se basa en limpiar a los peores.
No, no es fácil este apostolado. Creánme. Porque pensar de una forma tan cavernícola en este siglo es todo un desafío. Mientras termino el mate, pienso en aquella respuesta de Borges ante la pregunta de un periodista italiano que indagó si aún quedaban caníbales en nuestro país.
-No –dijo Georgi-, nos los comimos a todos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario