Mi noticiero amigo me
informó hoy temprano que había marcha. Paranoico como drogado en la frontera,
empecé a cerrar las ventanas del departamento. No, me dijo mi amigo noticiero,
hoy empieza en Plaza Italia y acaba en Avenida Matta. Me sentí complacido,
porque las piedras, las balas[i] y
los gases no me afectarían. Mi noticiero querido me agregó otra información: la
marcha empezaría a las seis de la tarde. Como a esa hora ya estoy yugando el
calor del hogar, en pantuflas en la alfombra y leyendo “El mercurio”, pensé que
sería pintoresco romper la rutina y darme una vuelta por Baquedano. Mi
noticiero y sus adeptos me dijeron mil veces que los que asistían a la marcha
eran puros vagos, flojos, encapuchados, comunistas, delincuentes o una mezcla extrañísima de todos. Quise comprobarlo, porque si de flojear se trata, a mi juego me
llamaron.
Llegué a eso de las seis menos cinco, o cinco para la
seis, puntual como caballero inglés. Todavía había sol, y unos adolescentes (estudiantes
de media) se protegían con lentes multicolores. Otros, estudiantes
universitarios, estaban disfrazados. V de venganza la lleva, me dijo uno con
una careta de la película. Miles y miles de jóvenes en grupos, riendo y tomando
café, junto a banderas de Chile, Colombia y Perú. La gente terminaba de llegar:
gente adulta, que trabaja todo el día y que probablemente no había podido
asistir a las anteriores por problemas de horario. Remeras y estandartes de
Mafalda, de Jara, de la Parra. Todos comenzaron a marchar a las seis y tanto,
hacia Parque Bustamante. Yo, que estaba sentado en un banco de la plaza, me
resistí.
-
¿Mierda, dónde están los vagos que me
habían prometido? –grité.
Dos
viejas me preguntaron a coro quéeeeeee.
-
Sí, abuelas –les dije-. Los vagos, los
flojos, ¿dónde están?
Las
viejas chotas seguían sin entender.
-
A ver –intenté explicarme-. Esta gente paga
boletos caros para llegar, unos de los boletos de transporte público más caros
del mundo. Viven en la periferia de la ciudad, a más de media hora o una hora
de acá. Muchos trabajan, otros estudian. Se preparan y encima van a caminar el
kilómetro hasta el escenario. ¿Dónde están los vagos, los flojos?
Las
viejas me miraban, compadeciéndome. Yo estaba al borde de un ataque de nervios.
-
¡Sí! –les grité.- La gente que opina en
mi noticiero amigo, desde sus computadoras o sus aifons, en las camas de sus
casas o en sus escritorios de oficina, me dijeron que acá iba a encontrar
vagancia y flojera.
Las
viejas empezaron a caminar, a seguir la caravana de miles de personas.
Quise
buscar delincuentes, para fraternar con mi espíritu de argentino. Había un par
de chicos con capuchas. Eran 50 o 100 entre miles. Cerca de ellos había un
grupo de fotógrafos. Esta es la mía, dije, a chorearle las cámaras a los gringos.
Insté a los anarcos-punks a punguear a los fotógrafos, para ver si hacíamos
unos pesos en San Diego, la Departamental o la Grecia vendiendo las cámaras. Pero ni eso. Los
anarco sólo querían quilombo. Romper los semáforos o tirarle piedras a los pacos,
aunque de robar ni hablar. Me defraudé. Porque encontré miles y miles de
personas, felices la mayoría, enojadas la minoría, pero ni a palos encontré
vagos ni flojos, y menos delincuencia. Puta, pensé, será la próxima, mientras me volvía en un taxi, donde el chofer me decía: "todos vagos y delincuentes". Tuve ganas de pegarle. No me animé.
[i] Ver
el caso del gendarme que para espantar a una turba tiró tiros al aire en una zona de edificios, e hirió de gravedad a un chico que cerraba sus ventanas..